Sus hombros se rozaron, uno pedía el permiso del otro para poder librar el paso. No hubo contacto más que el de dos personas que se cruzan sin mirase siquiera a los ojos; como ocurre con los millones de personas de las que no recordamos su rostro; son tan solo seres que comparten las calles, las avenidas, los bares, los parques, las librerías.
Un aroma a viejo era el que destilaban los libros que habitaban el lugar. Libros apilados en estantes viejos; viejos ávidos de manos frescas que se atrevan a recorrer el lomo raído a manera de caricia. ¿Cuántas manos, cuántos ojos habrán devorado las letras aplastadas entre dos pastas duras? Duras como gendarmes, duras como guardianes, como esfinges, dispuestas a permanecer por siglos vigilantes de las letras, para que no escapen y se mezclen con otras. Bien parece que tuvieran vida, un par de manos, de pies, un par de ojos. Ojos como los que sortearon el hombre de gafas negras y la mujer de cabello largo marrón, también con gafas; el momento preciso en el que sus miradas se cruzaron. Un contacto de pupilas escondidas detrás de cristales cómplices de su verdadera identidad. Las miradas expelían fuego, pasión, libido escondida, escondida como sus pensamientos, como su sexo, escondida como sus defectos y manías, escondida como las manos que roban o la vergüenza de saberse descubiertos.



