Sííí…
Brincas de la euforia a la depresión, de la depresión a la falta de placer; de la falta de sueño, como a dormir demasiado; de sentirte importante, a los sentimientos de minusvalía…
Asté disculpe…
Sííí…
Brincas de la euforia a la depresión, de la depresión a la falta de placer; de la falta de sueño, como a dormir demasiado; de sentirte importante, a los sentimientos de minusvalía…
Asté disculpe…
Muñequita rota, de ojitos tristes, cabello alborotado y manitas maltratadas…
¿Qué te ha pasado? ¿Dónde quedó tu sonrisa y tu calor?
Te escondes en el fondo del armario para que nadie note tu presencia, aunque tu presencia es la esencia de pupilas ajenas. Te escondes en tu soledad y en tu llanto para querer volver estar a solas y llorar hasta secarte.
Muñequita rota. Sal a la luz. No tengas miedo, el roba-muñecas se ha ido, y no todo es una mentira. Muñequita rota. Déjate ser reparada; permite que se te acerquen. No tengas temor, no es para dañarte, sino para remendarte.
Muñequita rota, de cara de luna, ojos claros y zapatitos rotos…
Muñequita rota, con sueños de trapo, porcelana o plástico, de vestido raído de princesa, inmortal, encadenada al circo de la sociedad y de ilusión maquillada.
Muñequita rota. De largo camino recorrido, no todo está perdido…, aún hay mucho por andar…


Esta pregunta me la hizo una amiga en una de esas charlas que solemos tener las mujeres.
Ella; -y aclaro que fue a manera de broma-, alegaba que, el hombre perfecto debe ser apuesto, rico, complaciente, comprensivo, que a todo nos diga que sí, amante de su hogar –pero que salga a trabajar-, jovial e ingenioso, que le gusten tus amigos y que se lleve bien con ellos, que no le encante el sexo, pero que sepa satisfacer todos los anhelos de su mujer, que tenga personalidad y se preocupe de su físico, Que se pueda hablar con él sin tapujos ni coacciones de tipo moral ni religioso. Moreno de preferencia y ojos claros. Estatura de 1.80. Que quiera hijos- no más de dos- Que comparta ciertas aficiones, que le guste salir y bailar. Que sea divertido y que le guste viajar a las islas Fiji de vez en vez…
Wooow…, ¿Será posible? ¡AAAAAhh! y olvidé mencionar: que le encante su chica tal y como es y no tenga más ojos para otras mujeres más que para ella. (Sííí, con todo y los gorditos que rodean su cintura y sus pechos pequeñitos…)
Ése es el hombre perfecto…, al menos para ella.
Yo, como soy una persona que lleva su vida por y para el amor, (otra vez con mis cursilerías) creo que mi hombre perfecto es aquel que comparta esa capacidad de analizar a las personas con sólo mirarles a los ojos. Mi hombre perfecto es aquel quien no recarga la felicidad en posesiones materiales, sino en la cantidad de respeto y amor que se logra acumular. Para mí el hombre perfecto es aquel que funciona como mi cómplice; aquel que se acopla a mí en el juego de la inteligencia. Aquel que logra captar, mediante la más profunda atención mis movimientos que van desde mirar mi celular para revisar la hora, o la manera en la que me agacho para ajustar la correa de un zapato. El hombre perfecto es quien te logra descomponer en átomos y te regresa a tu estado natural. Es quien te desmonta y te vuelve a montar pero ya convertida en mujer. El hombre perfecto es impredecible pero adaptable. Lucha por los derechos de propios y extraños, pero siempre cobijado por la bandera del respeto. Para mí el hombre perfecto debe ser romántico y soñador; aunque la palabra está prostituida, trillada y el común de las personas no saben realmente lo que eso significa.
Buuuu…
Por lo pronto, sé que el hombre perfecto no existe. A medida que nos vamos conociendo a nosotros mismos y conforme estemos claros de qué es lo que se quiere; con un golpe de suerte, por ahí afuera anda rondando y esperando tu “hombre medio perfecto”
…, ¿No crees??.
Alguien que les diga que no dejo de añorar, que la nostalgia y la melancolía son cómplices y me juegan malas pasadas.
Alguien que les diga que por las mañanas llego a espiar, a seguir sus pasos con mesura.
Alguien que les diga que me paseo afuera de su casa, miro a su ventana, por largo rato..., casi a escondidas, pasando inadvertida.
Alguien que les diga que su risa es mi recuerdo, parte de mi alimento.
Alguien que les diga que extraño ser a quién interceptan, para jugar o para charlar, quizá para confesar.
Alguien que les diga que la lejanía azota y que invade mis angustias.
Alguien que les diga que lo siento, que no ha sido mi intención.
Alguien que me preste su identidad para poder no ser yo y así lograr acercarme más.
Alguien que les diga que estoy incompleta, rota…, pero en construcción.
Alguien que les diga que levanten el teléfono, para escuchar una respiración, un saludo, un “hola”, cuando menos.
Alguien que les diga que en mi pecho nacen suspiros que me hacen calmarme, para no morir de a poco.
Alguien que les diga que en mi mente atesoro los recuerdos y los recreo como historias magníficas, únicas y fantásticas.
Alguien que les diga que por las noches, mientras mis ojos se cierran; son la última imagen que mi memoria repasa.
Alguien que les diga que miles de “te quiero” he lanzado al viento, -con la aislada-, con la leve esperanza de que sea el viento, el portador de mis mensajes.
Alguien que les diga que desde mi trinchera les escribo, palabras, palabras y más palabras…,
que para el mundo, éso son… tan solo palabras, pero para mí, son el cauce del dolor; el alivio y el consuelo de su amor .
Si tan solo te dijera
EN ocasiones ya sumergida en soledad, soledad misma que atesoro, me sorprendo hablando y tejiendo conversaciones para mí, muchas de ellas con base en realidades, muchas de ellas con base en sueños oníricos o en situaciones que me gustaría que sucedieran. Mis conversaciones imaginarias inician en mi mente y poco a poco van tomando la confianza de mi ser hasta que las voy traduciendo en palabras que salen con voz propia y movimientos teatrales dignos de cualquier espacio público.
Me descubro y me incorporo. Atesoro el estar a solas, el leer en voz alta, el soñar despierta, el parafrasear a Capote o a Whitman, el estar en una esquina sintiendo el viento dominical, vivir dentro, mirar personas y tejer historias. Meterme en la vida de los personajes que me rodean y descubrir que están contagiados de una locura peor que la mía, vandálica, ruinosa, aniquiladora. La mía es aceptada, admitida y consumada, -por ende- no destructiva, inofensiva. Porque mi locura es mía, y la asumo, pero mis vecinos no locos jactanciosos de su objetividad, poseen más locura de la que dicen no portar…, todos unos profesionales en el arte de la destrucción, capaces de fulminarte con la más leve insinuación. Lobos feroces, disfrazados de corderos...
Desde niña escribo…, pero siempre lo había hecho para mí. Por vacilación siempre terminaba rompiendo los escritos o acostumbraba dejarlos encerrados en el fondo del cajón más secreto, para que nadie los encontrase y los leyese; y descubrieran la ensoñación en la que me encontraba y me criticasen. No lo podía soportar...
Al paso del tiempo, el gozo, el placer de mi encuentro con las letras, se opacó con la vorágine de mi vida. Me enrolé tempranamente en un mundo que no era el mío. No por ello me arrepiento. Ni mucho menos echo culpas; por el contrario la única infracción siempre la he cometido yo, por mi falta de compromiso, de sensatez, de conocimiento y de curiosidad. Descubrí y me descubrieron. Sin trabajo alguno, mi vida se tapizó de regalos, de viajes, complacencias…, de artículos que sustituían a mis más ocurrentes ideas. A medida de obtener más objetos, más vacía me encontraba. No leía, y si lo hacía, era en momentos de fragilidad, de lucidez…, de llanto y soledad.
Hoy, he descubierto que me le he arrojado a la locura, a las demencias, a la paranoia y a la insensatez, y perfectamente sé que, con el tiempo me cobrará la factura, y al ser pobre en múltiples aspectos, no me quedará más remedio que firmar el pacto de vida a cambio de seguir con esa enajenación, con la barbarie y el disparate de ir en pos de mis pensamientos y posturas; pero que llenarán de calma a mi cuerpo físico.
Me apresto a seguir siendo demente, desequilibrada crónica, lunática sin remedio, chiflada, atolondrada, tonta para muchos tontos, pero singular para unos cuantos receptivos inteligentes que como yo, están a destiempo y fuera de esta amorcillada y corrompida realidad…

Después de mucho indagar y pensar, casi desolada y defraudada conmigo misma, llego a la conclusión de que sí soy buena para algo…, vaya… al fin… realmente pensé que jamás lograría discernir eficazmente mis escasas capacidades.
Pues bien, como primicia, como informe inédito y sólo para los cuatro lectores de este blog, les diré con entusiasmo lo que María sabe hacer perfectamente y con suma fluidez: ME DECLARO EXPERTA EN PERDER EL TIEMPO…
Síiii, pierdo el tiempo con gallardía, con elegancia, con buen gusto y mesura; soy la única persona en este mundo que se arregla con sus mejores galas para PERDER EL TIEMPO. Me visto de joyas y pinto mi cara, arreglo mis uñas y acomodo mi cabello para : PERDER EL TIEMPO.
Me puedo pasar horas mirando la cuarteadura del techo, imaginando, el momento en el que llegó hasta ahí. Imaginando, la vibración necesaria para resquebrajarse a manera de cicatriz. En mi fantasía aparecen hasta los sonidos, pienso en el dolor padecido; la herida quedará abierta hasta que con el tiempo sea debidamente reparada. Imagino el cómo. La acción llega a mi cabeza cuadro por cuadro, milímetro a milímetro, hasta que me sorprendo y reacciono. Pero desgraciadamente para ése entonces ya pasaron varios minutos, horas, incluso.
Lo mismo me sucede con el vuelo del mosquito, que ahora gira en círculos junto a mi oreja, con el afán de desquiciarme, de llevarme hasta la locura, sin saber siquiera, que la locura llegó antes que él, justo en un vuelo similar y disfrazada de mosquito. Me picó ya anteriormente y me contagió sin remedio o cura.
Volvamos al vuelo del mosquito, y a mi eficiente manera de PERDER EL TIEMPO imagino, el momento de la succión, de la alimentación… le imagino posado sobre mi pierna derecha inerte debido al sueño profundo del que ahora soy sujeta. Imagino, el momento en que se aprovecha de mi estado para abusar, para succionar de mí la salvia que para él es vida. Soñando despierta, le miro, le analizo, le observo atenta… Imagino que él voltea hacia mí, con el afán de encontrar mi cara para cruzar frecuencias, inclina su cabeza a manera de agradecimiento y emprende el vuelo y me regala una despedida.
Segura de que satisfizo una necesidad y que yo fui su nodriza, reacciono de nuevo para repetirme una vez más que PIERDO EL TIEMPO de manera alucinante, desesperante… o ¿no?
Me declaro sumamente competente, una experta, una maestra, avezada en el arte de… PERDER EL TIEMPO…
...o ¿No?
El adiós es más crudo cada vez, cada vez menos soportable. Es como desgarrarse la piel en pedazos. Como, arrancar una a una las uñas de manos y pies. Como jalar con fuerza el cabello y que éste se desprenda del hueso hasta sangrar. Como el cáncer más cruel y devastador en etapa terminal. Como implosión de las entrañas, imperceptible para mis semejantes. El dolor emocional golpea tanto, que con frecuencia me descubro con dolor físico, aquí en mi pecho, cerca del corazón…
Esta sensación de quebranto me acompaña día y noche, noche y día.
Es por ello que prefiero pensar en esa carita que me mira con dulzura, en esos ojos llenos de luz y brillo, de ilusión y de amor. En esa charla de mujer de treinta y tantos a mujer de ocho. Esa coquetería heredada, que te hace lucir radiante con tu sonrisa limpia y pura. Esa capacidad de creer en la voluntad de las personas. En esa lágrima fácil ante cualquier emoción que sacuda a tu ser por completo. La risa escandalosa y la sorpresa ante los detalles. La comunicación ágil con tus semejantes traducida en amor. Esa receptividad que te hace sobresalir de entre la multitud…
En todo eso que no hurtaste, sino lo heredaste para bien… o para mal.
Otra vez soñé con tu cuerpo, con tus manos suaves y dedos espigados dignos del artista recorriendo lenta y amorosamente el mío. Otra vez sentí el calor de tu aliento y de tu respiración, que poco a poco y con el fuego de los besos se va activando, acelerando…, avivando. Otra vez imaginé tu boca susurrando al oído palabras dulces, y el simple contacto de tu soplo hace mágicamente que mis sentidos reaccionen y cada centímetro de mi piel se erice ante el excitante arrullo de tu voz. Una vez más pensé en el beso encontrado en mi cuello; ese beso que se va alargando y engañosamente se junta no sé cómo ni cuándo justo en el centro de mi seno izquierdo. Otra vez anhelé a la par de tus besos húmedos y asfixiantes, a mi cuerpo que, sin querer, se preparaba para ti. Otra vez fantaseé con la oscilación de tus caderas al compás de las mías, siguiendo el paso de las melodías con arreglos inéditos y escuchadas sólo por nosotros, formando parte y siendo cómplices de nuestras fantasías. Otra vez soñé con la maravilla de ser uno solo, de apagar nuestra sed, de saciar nuestra hambre, de controlar el frío y convertirlo en calor, de descubrir miradas escudriñadoras, indagantes ante la profundidad de mi letargo. De ofrendar el corazón, de comer y beber de ti, y entregar mi cuerpo en el ritual…, para depositar los poderes que alumbrarán la penumbra: que sólo una vela y una lámpara son testigos de la maravilla que es amanecer a tu lado.
Otra vez tú y siempre tú…
Siempre tú y otra vez tú, no más un sueño… La más hermosa realidad
Te regalo un pedacito de mí
te regalo libertad y te regalo mi nariz.
me despojo de ropas y aguanto el frío
arranco la piel y te muestro mis adentros.
Digo que te quiero con razón
con la certeza que me brinda el corazón.
Cuando digo que te quiero
mi cuerpo asiente, mis labios te consienten.
Incuso cuando callo
Incluso cuando miento...
Cuando te siento dividido.
no es una frase vacía
no es hipocresía
o una palabra sin vida.
con el sentimiento que anhela ser correspondido
con palabras transformadas en latidos
lo digo con seguridad y timidez
con valor, con cobardía…
eres amor queriendo tocar a mi amor.
Digo que te quiero
e intento gritar que existo,
y es mi soledad la que habla
con el instinto de usar palabras,
para darme cuenta al fin
que es un TE AMO
La verdad que hoy le llamo…
Tengo la imperiosa necesidad de creer en ti. De creer en tus palabras como pasajes bíblicos, como teorías aprobadas sin la necesidad de pasar por el experimento científico. Creo en ti, como si tuviera un detector de mentiras en mis ojos, que al momento de cruzarse con los tuyos la visión es clarita, nítida, limpia..., creo en ti, como en la más bella lectura jamás escrita. Creo en ti como una criatura cree en las palabras de su padre. Creo en ti, como el águila cree en sus alas para volar, como en las palabras nunca dichas. Creo en ti, como el agua que apaga mi sed. Creo en ti, como en tu huella digital, como en que las heridas tienden a hacerse costras y -en ocasiones- no queda marca siquiera. Creo en ti, como que después de una oscura noche, llega la mañana cargada de luz y brisa fresca. Creo en ti, como creo en la seguridad de mis pasos. Creo en ti, como creo en mis lágrimas. Creo en ti, como en el canto de mi corazón, que se había olvidado de la tonada. Creo en ti, como mi cerebro capta la imagen de mis ojos. Creo en ti, como creo en mis secretos.
Creo en ti porque sí, porque así lo quiero...
Creo en ti como al final del día quiero, necesito creer en mí…
nos regalamos hermosas miradas largas.
Dejamos el pasado a un lado,
para abrirle una puerta al futuro
que quizá aún incierto es,
pero tapizado de aires nuevos,
envuelto en sensaciones desconocidas.
Hoy tengo ganas de que te aferres a mi cintura
con la fe de no soltarte jamás…
Quiero que seas tú el que me entienda,
el que me quite este traje gris
y me acompañe a soñar despierta.
que los beses hasta deshidratarlos, evaporarlos
y hacerlos comulgar con los tuyos
a manera de experiencia religiosa.
Hoy quiero que escojas ese rincón secreto
para besarlos de nuevo…
una y otra, y otra vez...
¿Hay algo malo en ello?
apenas nos rozamos...,
sin embargo escuché un suspiro contenido;
para mirarnos de nuevo
y descubrir que solos no estamos.
Tragamos saliva y tratamos de reprimir
la sinuosa respuesta de nuestros cuerpos;
el sensual olor del nerviosismo,
el silencio de las palabras,
traduciendo el lenguaje en miradas,
y a ratos hablar para asegurar con voz
lo que para entonces…,
Confirmarnos que...¿?
Cruzamos miradas,
de esas largas, pausadas, silenciosas.
Nos hicimos de confesiones mutuas.
Conectamos los sentidos desde otra dimensión.
mantra te volviste.
Mirarte se comprende en adicción;
pues mirarte más deseo
y tal es el riesgo concebido en mí,
ya que al dejar mirarte,
mi deseo en mirarte más,
es creciente...
Estamos ahí ambos;
regalando a cuentagotas momentos.
¿Qué sientes al ser objeto del deseo?
Arrojo la carne al asador,
para tatuar tu nombre
Acá en mi epidermis.
Dispuesta para aventarme a volar sin alas
Corremos el riesgo de caer,
pero también de aprender a vivir...
Muy pocas veces he contado mis historias. Tengo 35 años y, haciendo un recuento, puedo decir que si he de morir mañana, tengo la certeza de que he vivido lo suficiente…
Las alegrías de la infancia, una infancia que mirando como adulto; no fue para nada cómoda. En realidad hubo de todo; pero ha sido mi madre quien sabiamente nos ha sacado del fango. Una eterna combatiente. Admirable ella, se enfrentó al señalamiento y estigma de los años setentas. Quizá se equivocó en elegir compañero, quien lejos de ser camarada nos llevó hacia los extremos; a la fortuna y a la pobreza. Mi madre supo levantarse sola al embargo, ese que jamás podré olvidar…
Tendría yo quizá unos cuatro o cinco años. Veíamos televisión. Golpes fuertes azotaron a la puerta. Gente extraña invadía mi casa. Se lo llevaron todo. TODO. Mi cama, mi tele, mi sillón. En ese entonces, ese era mi mundo. Mi mundo se vació. No había mesa dónde sentarnos a comer, no había televisión que ver –quizá esa es la razón por la cual la aborrezco- estaba de moda “El chavo del ocho” y yo con singular alegría lo veía en casa de alguna amiga. Comíamos soya; era nutritiva y barata. Bebíamos “Soya Malt” (sabor que aún me es nauseabundo) Recuerdo ver a mi mamá llorar a escondidas, siempre a escondidas. Frente a nosotros era un roble.
Sería muy fácil decir que este hecho de escoger la infancia es una manera de escapar a la realidad. No. En primer lugar porque son situaciones que no se nos dan a elegir. Lo que uno elige es la actitud de las condiciones que se nos presentan. Llegué a ser siempre la primera de la clase en los colegios que estudiaba. No obstante, era la hija abrumada por los problemas maternos. Era mi manera de decirle a mamá que todo iba a estar bien.
Desgraciadamente la inocencia termina, cambias, y aunque tu esencia y sencillez siempre son las mismas; tu entorno te enseña distinguir colores en la piel. Aprendes la idea de indiada, chusma, estratos sociales. Cargué todo eso durante mucho tiempo, hasta que maduré (un poco tarde, pero a todos nos llega). Sé que no debo hablar demasiado, al final de cuentas no soy nadie, nunca lo he sido. Nadie me ha querido adular porque no soy nadie. No poseo dones extraordinarios, ni características únicas, ni sabidurías, es decir; soy un personaje común y corriente en la historia, es por ello que no juzgo porque no sabría hacerlo con justicia.
Quizá amigos míos, todo esto que he contado hasta hoy son sólo historias para el café, quizá todas ellas creíbles, quizá todas ellas mentira…, pero a medida que mis relatos estén llenos de imágenes oníricas, de sueños, de fantasías, mientras más elevada la dosis de alucinación, sin duda alguna; más cerca estoy de alcanzar el poder de la verdad…, MI VERDAD.